Reino de Rumanía (dictadura antonesciana)

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Ion Antonescu fue un militar y político rumano, que gobernó el país con poderes dictatoriales de septiembre de 1940 a agosto de 1944 en estrecha alianza con el Eje.

Nacido en 1882 en una familia de tradición militar, participó en la Primera Guerra Mundial y durante la década de 1920 sirvió como agregado militar en Europa occidental. Como oficial del Estado Mayor, había desempeñado un papel destacado en la defensa rumana frente a los Imperios Centrales en 1916-1917 y en la victoria rumana frente a la República Soviética Húngara en 1919. A finales de la década, sirvió al frente de la escuela del Estado Mayor, en la que se ganó el respeto de una nueva generación de oficiales.

En 1934 se le nombró jefe del Estado Mayor rumano, pero sus desavenencias con el rey Carol II, en especial por la corrupción de la camarilla real, llevaron a su destitución y traslado a un mando menor, acontecimiento que no disminuyó el prestigio de Antonescu entre la oficialidad, que lo consideraba generalmente honesto y eficaz. Su temperamento colérico, su insistencia en la disciplina y probidad le hicieron destacar en el Ejército rumano. Ministro de Defensa a finales de 1937 en el Gobierno derechista de Octavian Goga por insistencia de este a pesar de la oposición inicial del soberano, Antonescu dimitió poco después por el acoso del monarca a la Guardia de Hierro. Permaneció apartado de la política hasta el verano de 1940.

Crítico con las cesiones territoriales rumanas del verano y el otoño de 1940, alcanzó el poder durante la grave crisis interna que estas provocaron y que acabaron con el reinado de Carol. Gobernó de manera dictatorial desde entonces hasta agosto de 1944. Mientras que Antonescu lograba consolidar el estrechamiento de las relaciones con Alemania en el otoño y el invierno, fracasaba su coalición con la Guardia de Hierro, que se mostró incompetente en el gobierno del país e incapaz de garantizar el orden interno y el desarrollo económico deseado por aquel. En enero de 1941, puso fin a la inestable coalición aplastando el levantamiento de la Guardia contra él, con el beneplácito de Hitler.

Participó en la invasión de la URSS junto a Alemania y se negó a detener el avance de las fuerzas rumanas una vez recuperadas Bucovina y Besarabia. Cuando la suerte de la guerra comenzó a favorecer a los Aliados, toleró contactos con estos, que no fructificaron. Con los ejércitos soviéticos a las puertas del país, el rey Miguel lo destituyó y arrestó en agosto de 1944, antes de solicitar el armisticio.

Antonescu no tenía que responder ante ningún foro político de sus acciones, dirigiendo el Estado a través de decretos ley. El conjunto de decretos reales rubricados primero por Carol y más tarde por Miguel durante la crisis del otoño de 1940 concentró en sus manos el poder legislativo y el ejecutivo. Ni el inexistente Parlamento ni el Consejo de Ministros controlaba sus acciones. Al mismo tiempo, los poderes del monarca quedaron muy reducidos.

El general intentó formar un Gobierno de unión nacional con dos partidos importantes, el Partido Nacional Campesino y el Partido Nacional Liberal, además de la Guardia de Hierro, pero no tuvo éxito, puesto que los dirigentes de los dos primeros rechazaron entrar en el Consejo de Ministros. A pesar de su antigua cercanía a Goga, sus partidarios eran una base insuficiente para sustentar el Gobierno; en aquel momento, las sucesivas retiradas militares habían desprestigiado al Ejército lo suficiente como para que Antonescu no pudiese tampoco sostenerse únicamente en los militares. Las negociaciones entre los diversos partidos, que parecían que al menos conducirían al ingreso de diversas corrientes de los liberales en el nuevo gabinete, finalmente fracasaron. Por lo tanto, el 14 de septiembre, Antonescu formó un Gobierno con los legionarios, siendo él presidente del Consejo de Ministros, y Horia Sima, el líder de la Guardia, vicepresidente. El mismo día, Rumanía fue declarada «Estado Nacional Legionario», con un único partido reconocido, la Guardia, condición que los Legionarios habían exigido durante las fallidas negociaciones con el resto de partidos. Antonescu, que despreciaba a los dirigentes legionarios a los que consideraba ineptos, les otorgó, sin embargo, importantes competencias, como el control de la prensa, de la propaganda oficial, las prefecturas provinciales o relevantes ministerios, como el de Interior o el de Exteriores y la mayoría de las secretarías de Estado.

Los representantes alemanes, preocupados por las posibles repercusiones perjudiciales para sus intereses económicos en Rumanía de las medidas de la dirección de la Guardia, que les inspiraba escasa confianza, insistieron a Antonescu para que la mantuviese alejada de los principales ministerios. En efecto, los ministerios relacionados con la economía, justicia, agricultura o las fuerzas armadas quedaron en manos de militares, políticos conservadores o tecnócratas y solo el Ministerio de Interior5 nota 10 de entre los que suponían un poder real quedó en manos de los legionarios.32 Desde el comienzo, este gabinete de coalición mostró tensiones internas e intentos de los dos grupos aliados por extender su poder y limitar el de su socio de Gobierno. La aparente concordia de Antonescu y los legionarios en septiembre y octubre apenas ocultaba el enfrentamiento entre ambas partes por controlar la administración y los organismos de seguridad, debido a los diferentes objetivos políticos de unos y otros. Antonescu rechazaba los deseos de Sima de imponer el modelo nacionalsocialista alemán a la política y economía rumanas y la ambición legionaria de controlarlas, convencido de su incapacidad y deseaba por su parte imponer su modelo de orden96 y disciplina en el país.

El país se hallaba en una profunda crisis, tanto política como económica. Las pérdidas territoriales no solo habían acabado con la dictadura real de Carol y llevado al poder a Antonescu y a la Guardia, sino que habían creado importantes problemas económicos: la reducción de la cosecha —se calcula que menguó en un 70%— y la consiguiente escasez de alimentos, la desorganización de la industria por la pérdida de materias primas y de mercados, la consecuente inflación y una avalancha de refugiados —unos trescientos mil—. A ello se unió un devastador terremoto a comienzos de noviembre que afectó duramente al sur del país.

Los legionarios intentaron desde el principio tomar el mando en el país.5 La administración pública quedó bajo control de la Guardia, siendo los nuevos prefectos provinciales miembros de la misma. La organización del nuevo Estado totalitario quedó en manos de la Guardia, que trató de recuperar su antiguo apoyo popular mediante extensas campañas en todo el país, especialmente en las ciudades. Diversas organizaciones controladas por la Guardia trataron de incluir a diversos colectivos sociales (los trabajadores urbanos, a los que se prestó especial importancia, la juventud, etc). Algunos proyectos de obra social impulsados por la Guardia contaron con notable respaldo popular. A esta actividad, en ocasiones más voluntarista que efectiva, se unía la actividad radical y los abusos. La organización trató de hacerse con el control de la Policía y del Ejército, además de crear su propia policía auxiliar; si bien logró una importante influencia en el primer organismo, Antonescu se encargó de limitar su infiltración en el segundo. La Guardia, con su control del Ministerio de Economía Nacional, que coordinaba la política económica gubernamental, trató de hacerse con sus riendas, con funestas consecuencias que agravaron la crisis. El 5 de octubre, se crearon las «comisiones de rumanización» para tomar la dirección de las empresas consideradas esenciales para el país; su dirección quedaba siempre bajo control legionario. Este poder dio lugar a caos en la producción, saqueo de los negocios —especialmente los de dueños judíos— y corrupción de los nuevos administradores.

Opuesto al desencadenamiento de la violencia interna en el país, Antonescu trató de mantener la estabilidad del Estado y de mitigar algunas medidas antisemitas implantadas ya en septiembre por la Guardia. A finales de mes y de forma reiterada, condenó los desórdenes contra las minorías que, en su opinión, perjudicaban a la imagen del país y a las minorías rumanas en el extranjero, y abogaba por la solución legal a los posibles problemas con aquellas. Ya en octubre, la Guardia, crecida con numerosos nuevos afiliados, comenzó a extender los abusos y la violencia. Se sucedieron las confiscaciones o ventas forzadas, los secuestros, malos tratos y castigos diversos. Al antisemitismo legal que trataba de eliminar a los judíos de la economía y de la administración —preferido por Antonescu— se unió el aplicado por grupos de legionarios en las calles del país. Los abusos de la Guardia no afectaban únicamente a las minorías, sino que se extendían a sus distintos adversarios políticos, perjudicando la actividad económica. La violencia afectaba incluso a las distintas fracciones de la Guardia, enfrentadas entre sí.

En venganza por la represión del régimen anterior y en especial por el asesinato de Codreanu y sus colaboradores en 1938, los legionarios asesinaron a diversos destacados políticos del anterior régimen real, como el economista Virgil Madgearu (exministro) o Nicolae Iorga (ex primer ministro y gran historiador rumano). El día anterior, la noche del 26 de noviembre, tuvo lugar la matanza de la cárcel de Jilava en la que fueron asesinados sesenta y cuatro presos, algunos miembros del régimen real, considerados por los legionarios responsables de la muerte de Codreanu. La tensión en el país estaba en continuo aumento. Desde el comienzo, Antonescu se opuso a la venganza política de los legionarios, estableció un tribunal especial para investigar la anterior represión real de la Guardia (23 de septiembre) y logró evitar los siguientes intentos de asesinatos políticos. Otros destacados políticos del régimen real salvaron la vida por la intervención del hombre de confianza de Antonescu en el Ministerio del Interior, cuando ya se encontraban detenidos por la Guardia y en espera de ser asesinados. Antonescu ordenó la investigación de las matanzas, cuyos resultados publicó en 1941. Los disturbios de la Guardia tampoco complacían a los alemanes, preocupados por sus efectos en la economía que deseaban explotar en su beneficio. Los acontecimientos de noviembre supusieron la desaparición de toda posibilidad de concordia entre los legionarios y Antonescu. La relación entre el general, que necesitaba el apoyo popular de que gozaba la Guardia y de su cercanía a Alemania, y la formación política, que necesitaba el prestigio de Antonescu en el Ejército y los partidos políticos tradicionales, empeoraba por momentos. La ruptura entre los dos bandos que parecía inminente se pospuso a finales de noviembre porque las dos partes consideraron el momento inoportuno, pero esto supuso apenas una tregua.

Antonescu, adepto del «orden legal» y de la «tranquilidad pública», emitió en el 28 de noviembre un decreto ley contra las infracciones «en contra del orden público y los intereses del Estado» y el 12 de diciembre otro que castigaba con la muerte a los que «instigasen a la rebelión» o a la insubordinación. Estas medidas eran la respuesta del general a las matanzas perpetradas por la Guardia días antes. Ni estas ni sus repetidas advertencias a los legionarios para evitar los desórdenes surtieron efecto. En su próximo conflicto con la Guardia, el general contaba con el apoyo del Ejército y de los partidos tradicionales, que rechazaban el desorden y la violencia de los legionarios y temían la ocupación alemana en caso de caos económico. La posición alemana era más ambigua: mientras que algunos organismos se mostraban favorables a Antonescu, otros defendían a la Guardia. Ante la inminencia del choque con la Guardia y aprovechando como justificación la participación rumana en la Operación Marita, Antonescu solicitó una audiencia con Hitler para aclarar su actitud.

En cuanto a la situación internacional, el 14 de octubre había llegado la misión militar alemana solicitada por Antonescu, encargada principalmente de proteger los pozos petrolíferos rumanos que abastecían a Alemania, aunque su propósito oficial era el de entrenar al Ejército rumano. Una vez cedida la Dobruja meridional a Bulgaria por los Acuerdos de Craiova, Italia y Alemania garantizaron las nuevas fronteras rumanas.

Tras el fracaso del ataque italiano a Grecia a finales de octubre, sin embargo, estos quedaron a merced de posibles ataques aéreos británicos, por lo que Hitler decidió utilizar Rumanía como pasarela para atacar Grecia y eliminar este peligro. El 23 de noviembre, tres días después de la firma húngara y durante una visita oficial a Hitler, Antonescu suscribía en Pacto Tripartito que acercaba aún más a Rumanía a la política de Hitler. Este tomó un respeto especial al mariscal desde su primer entrevista en Berlín —a pesar de las declaraciones pocos diplomáticas de Antonescu contra el arbitraje de Viena—.

A pesar de las ambiguas declaraciones del mandatario alemán, Antonescu se convenció de la disposición de este a devolver la Transilvania perdida a Rumanía en caso de que esta mantuviese la estrecha alianza con el Reich. Durante la visita a Hitler, Antonescu solicitó asimismo la cooperación alemana para desarrollar la industria y las comunicaciones rumanas, que prometió quedarían al servició de Berlín, al tiempo que confirmaba su disposición a combatir junto al Eje.

Días antes de la visita a Berlín, tuvo lugar la única entrevista entre Antonescu y Mussolini. Crítico con lo que consideraba una posición filomagiar del mandatario italiano en el arbitraje de Viena y convencido de la incapacidad italiana de satisfacer las necesidades rumanas de armamento, la entrevista resultó un fracaso y no se volvió a repetir.

El proceso de acercamiento de Alemania culminó con Antonescu, pero se había iniciado años antes, con el relevo al frente del Ministerio de Exteriores del francófilo Nicolae Titulescu en agosto de 1936 y se había acelerado tras el estallido de la guerra mundial en el otoño de 1939. La alianza final entre Rumanía y Alemania había comenzado a fraguarse ya durante el verano de 1940, durante los últimos meses del reinado de Carol. Antonescu compartió con el exsoberano el anticomunismo y temor a la URSS —de posibles pérdidas territoriales y de cambios sociales— que condujo al acercamiento a Alemania. La lucha contra los soviéticos supuso la base de la alianza germano-rumana.

Aunque firmó el pacto con las potencias del Eje, Antonescu logró limitar la interferencia alemana en la política interna rumana que se había extendido en los últimos años del reinado de Carol, especialmente gracias a la cooperación policial y de espionaje, hasta entonces muy estrecha. Esta autonomía permitió en ocasiones a las autoridades rumanas facilitar la huida de militares Aliados (oficiales polacos, franceses o británicos) y evitar la entrega a la Gestapo de destacados políticos como Maniu o Bratianu, a pesar de la solicitud de esta. La alianza germano-rumana se debía, según Antonescu, a que el poderío alemán en Europa obligaba a Rumanía a adoptar una estrecha alianza con el Reich para evitar su destrucción. En diversas declaraciones en los meses finales de 1940, proclamó que la alianza con el Eje no era una preferencia personal, sino una necesidad pragmática. Hitler tenía intención, no obstante, de utilizar a Rumanía como centro del frente meridional en la futura confrontación con la URSS, no únicamente como importante fuente de materias primas para el Reich.

En el encuentro con Hitler del 14 de enero de 1941, al que Sima, a pesar de haber sido invitado, decidió no acudir, Antonescu logró finalmente su respaldo para enfrentarse a la Guardia. Desde comienzos de mes, ambas partes se preparaban para un enfrentamiento inminente. Antonescu solicitó el acuerdo del mandatario alemán para expulsar a los legionarios del Gobierno y logró su aquiescencia. A pesar de la cercanía ideológica de los legionarios, Hitler prefirió respaldar al general por su control del Ejército y su disposición a mantener las concesiones económicas a Alemania Cuando volvió a Rumanía, Antonescu anuló las «comisiones de romanización» —controladas por los legionarios— el 18,despidió al ministro de Interior (legionario), Constantin Petrovicescu, utilizando para ello el asesinato de un oficial alemán, el día 20 y reemplazó a todos los prefectos legionarios. Estas medidas aceleraron la rebelión legionaria, que estalló la noche del 20 de enero con la ocupación de diversos edificios oficiales en la capital y otras ciudades; los combates comenzaron la mañana siguiente. Los legionarios creían erróneamente contar con el apoyo alemán. Con las unidades militares de la capital acuarteladas en espera de refuerzos, la Guardia dominó gran parte de Bucarest durante treinta horas. Antonescu esperó a que los legionarios se desacreditasen ante la población y los alemanes por sus desmanes antes de actuar. El día 22, ciento veinte judíos fueron asesinados a sangre fría. Antonescu, apoyado por el Ejército, que estaba en contra de los legionarios, intervino finalmente y suprimió la rebelión ese mismo día, con el beneplácito de Hitler. Los intentos de los dirigentes legionarios de recabar el apoyo de los alemanes, que en aquellos momentos contaban con ciento setenta mil soldados en el país —mayoritariamente esperando su paso a Bulgaria para atacar Grecia—, resultaron inútiles por la decisión de Hitler de apoyar al general. Aunque derrotados, los dirigentes legionarios lograron evitar la represión de Antonescu, protegidos por los propios alemanes, que facilitaron su salida del país. Antonescu rechazó los intentos del nuevo embajador alemán para recomponer la coalición de gobierno con los legionarios y, tras fracasar de nuevo en la formación de un gabinete con los partidos tradicionales, constituyó un Consejo de Ministros fundamentalmente militar. Los dirigentes legionarios exiliados permanecieron en Alemania como posible alternativa a Antonescu en caso de que este decidiese abandonar su alianza con el Eje.

En el 27 de enero, Antonescu formó un nuevo Gobierno, de militares y técnicos, en el que Mihai Antonescu fue nombrado vicepresidente del Consejo de Ministros algunos meses más tarde, a finales de junio. Su objetivo era el mantenimiento de orden público y el establecimiento de una administración eficaz mediante un gobierno autoritario. El 5 de febrero, se promulgó un decreto que castigaba duramente los disturbios y prohibía en la práctica cualquier organización no aprobada por el Gobierno y toda manifestación, considerada por defecto subversiva. El 14 del mismo mes, quedó abolido el «Estado nacional-legionario». El general llevó a cabo una intensa represión de los legionarios que llevó a prisión a unos nueve mil de ellos; tribunales militares juzgaron a un tercio de estos. Algunos de los que habían participado en los pogromos durante los combates de enero fueron ajusticiados. En junio, un tribunal militar condenó in absentia a los dirigentes legionarios. Su nueva dictadura militar recibió, no obstante, el respaldo de los antiguos partidos políticos, que veían a Antonescu como única figura capaz de guiar al país en las circunstancias del momento. En marzo un plebiscito aprobó casi por unanimidad las medidas impuestas por Antonescu en las semanas anteriores. Estas habían supuesto la implantación de un Estado militarista, autoritario y conservador, pero no fascista —Antonescu carecía de un movimiento de masas similar al alemán o al italiano—, interesado principalmente en el mantenimiento del orden público y de la seguridad del país. Opuesto al sistema parlamentario y a la participación de la población en la política, pretendía «construir la nación» de manera autoritaria, gracias al control de las fuerzas de seguridad del Estado. Estado policial creado para mantener el orden, como el propio Antonescu admitió ante Hitler, el general consideraba este como condición necesaria para cualquier progreso posterior. Antonescu, gracias a sus poderes otorgados por los monarcas y la falta de control del Consejo de Ministros, ejercía un poder autoritario que se extendió a la Administración. Se apoyó, no obstante, en los antiguos seguidores del Partido Nacional Cristiano de Octavian Goga y Alexandru C. Cuza, filofascistas y conservadores, muy favorables a Alemania y dispuestos a respaldar la dictadura sin las veleidades de cambio radical de la Guardia.

Los soviéticos, en acuerdo con sus aliados, habían presentado sus condiciones de armisticio el 12 de abril, pero tanto Maniu como Antonescu las rechazaron en abril y mayo. Ambos esperaban poder evitar la ocupación soviética y conseguir el despliegue de tropas británicas o estadounidenses. La negativa de Antonescu a ceder a las condiciones de los Aliados llevaron al rey a planear su derrocamiento, con el apoyo de Maniu y Bratianu. Los soviéticos ofrecieron mejores condiciones unilateralmente en junio, pero Antonescu las rechazó, esperando aún poder pactar con los occidentales, posibilidad inexistente ya entonces por el acuerdo Churchill-Stalin sobre los Balcanes, que asignaba Rumanía a la URSS.

El 20 de junio, los partidos de oposición (Partido Nacional Campesino, Partido Nacional Liberal, Partido Socialdemócrata y Partido Comunista Rumano) sentaron las bases de una coalición nacional, el «Bloque Nacional Demócrata», con los siguientes objetivos: eliminar a Antonescu del poder, firmar el armisticio con los Aliados y regresar al régimen democrático. La coalición, sin embargo, era precaria: ni Maniu confiaba en los comunistas ni estos en él. El rey estuvo de acuerdo con eliminar al mariscal Antonescu, si éste rechazaba el armisticio con los aliados. Empezó a planearse el golpe de Estado del 23 de agosto de 1944 Antonescu regresó deprimido de su reunión con Hitler a comienzos de agosto y no respondió a las propuestas de los soviéticos en Estocolmo, más favorables que las planteadas en Cairo por las tres potencias Aliadas. Hitler había tratado de asegurarse la lealtad de Antonescu, que este había condicionado al sostenimiento alemán del frente con la URSS, la eliminación de los bombardeos sobre Rumanía y la reacción alemana a una posible apertura de los estrechos turcos a las flotas Aliadas. A pesar de no alcanzar ninguna conclusión en esta última entrevista entre ambos, Antonescu no trató de abandonar la alianza con el Reich y mantuvo su convencimiento de poder alcanzar un acuerdo con los Aliados occidentales contra la URSS. Tras aceptar a regañadientes la confesión alemana de que no se podían enviar nuevas divisiones blindadas a Rumanía para reforzar el frente ante un ataque que Antonescu juzgaba inminente y que suponía la imposibilidad de sostener la línea del Dniéster, este propuso nuevamente la retirada a la línea defensiva formada por los Cárpatos, el Danubio y las fortificaciones intermedias, más fácil de defender con fuerzas menores, a pesar del sacrificio territorial. La sugerencia de que esto podría permitir a los alemanes retirar parte de sus fuerzas para utilizarlas en otros frentes, sin embargo, le pareció sospechosa a Hitler —que temía la rendición rumana— y la rechazó. El posterior cambio de opinión resultó tardío para permitir ya la operación.

El 20 de agosto, se desencadenó una nueva ofensiva soviética, una de las condiciones que Maniu había establecido para llevar a cabo el golpe de Estado que habría de deponer a Antonescu, y se fijó tardíamente la fecha para el golpe para el día 26. Tras visitar rápidamente el frente y convencerse de la gravedad de la situación militar, con los soviéticos a punto de romperlo y poniendo en fuga a algunas unidades rumanas, Antonescu regresó brevemente a la capital para informar al rey. Una vez conocida la intención del mariscal de regresar al frente el 24, los confabulados decidieron adelantar la fecha del golpe al 23. El ministro de Exteriores Mihai Antonescu y la propia esposa del mariscal le convencieron para que acudiese a ver al rey y solicitase un armisticio. Tras solicitar el apoyo por escrito de Maniu y Bratianu para la petición de armisticio y no lograrlas por encontrarse estos ilocalizables, se negó en principio a acudir a palacio y solo la llamada del general Constantin Sanatescu le hizo cambiar de opinión y finalmente ir a la cita con el monarca.

Tras una tensa entrevista entre Antonescu y el rey Miguel, éste destituyó a Antonescu y lo detuvo —junto con Mihai Antonescu—, tras haberse negado el mariscal a solicitar el armisticio sin avisar antes a Hitler o a dejar el poder. El rey nombró inmediatamente un nuevo Gobierno encabezado por Sanatescu, formado principalmente por militares y con los dirigentes de los partidos del Bloque como ministros sin cartera. El Ejército permaneció fiel al rey, sin que los oficiales de alto rango defendiesen al mariscal, y obedecieron las órdenes del nuevo Gobierno.


Características:

ESTADO O NACIÓN INDEPENDIENTE

Es la entidad que cuenta con su propio territorio, su propia población y de un gobierno autonómico y que cuenta con el reconocimiento como tal de otros estados o naciones. En general se trata de una entidad de hecho y/o derecho formada o restaurada de un país o nación inmediatamente después de la separación de otra del que formaba una parte, o la creación de una entidad nueva que anteriormente no existía.(vg: Reino de Hawái, Segundo Imperio Francés o Segunda República Española)

RÉGIMEN, GOBIERNO Y/O ADMINISTRACIÓN DE FACTO

Regímenes de facto o de jure ejercidos en forma personal o colectiva con sesgo despótico o dictatorial y de carácter represivo o de limitación de los derechos ciudadanos y humanos. Se incluye además los intervalos en los cuales quienes detentaban tales sistemas pudieron haber además desarrollado administraciones en mayor o menor grado institucional.(vg: la "Era Marcos" en Filipinas, la dictadura de Máximo Santos en Uruguay o las Juntas de Defensa Nacional durante la Guerra Civil española)

 

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